Escuela y ciudad
Nombrar la escuela es nombrar la ciudad. Así lo aprendimos desde niños, cuando fuimos cómplices de ese acto de iniciación en las célebres aventuras de Pinocho por el mundo, camino a la ciudad, llevando bajo el brazo el abecedario que le regaló papá Gepetto, dispuesto a ingresar a la escuela donde habría de aprender a leer, escribir, hacer los números, en fin, convertirse en un niño bueno como los otros. Y cuando, antes del final feliz, el pobre Pinocho desoye los consejos del Grillo Parlante, se deja sonsacar de la Zorra Cojay el Gato Ciego, se pierde en el País de los Juguetes, se ve engullido por el Tiburón, pero ha de ser salvado para volver al sitio de acogida donde podrá abandonar su condición de marioneta y ser de nuevo la persona que piensa, decide y actúa por sí misma en el cambiante mundo de las relaciones entre seres humanos.
Desde los tiempos más antiguos la ciudad ha ejercido siempre el papel no sólo de centro de las labores productivas y comerciales, espacio de seguridad y representación del poder, sino también de marco de convivencia y de instauración de nuevas formas de relacionarse los seres humanos entre sí. Babilonia, Alejandría, Atenas, Roma, Teotihuacán, Cuzco, son algunas de las ciudades milenarias que destacaron como epicentros de civilización. Avanzando en la línea del tiempo, desde las ciudades del Renacimiento –París, Venecia, Brujas- se irradian otras formas de pensamiento, de regir los destinos de la comunidad, incluso otras formas de sociabilidad expresadas en los gestos cotidianos, las maneras en la mesa, los hábitos de higiene y de presentación en público o en el ámbito privado, de control de las emociones, en suma, un ideal de formación de las personas conforme a un código severo de comportamiento cívico y urbano. Erasmo, la figura más representativa del humanismo moderno occidental, inaugura una larga tradición literaria con fines pedagógicos, que vincula el tema del progreso de las sociedades humanas en relación con los hábitos de civilidad y cortesía que sirven de sustento al respeto de las jerarquías de casta o clase social, del trato entre desiguales y la veneración de la tradición.
En su versión hispanoamericana, los manuales de urbanidad publicados con insistencia en los siglos XIX y XX tienen por objeto difundir los valores estéticos y de conducta cívica propios de una élite culta entre las masas iletradas. No hay razón, por tanto, para pretender melancólicamente reeditar las prescripciones de fórmulas de etiqueta o cortesía útiles en escenarios de sociabilidad íntima de los estratos altos, en los que se nota la ausencia de espacios públicos, contenidas en el Manual de urbanidad y buenas maneras de Manuel Antonio Carreño. El Manual de Carreño, escrito en Caracas en 1853, cuando la capital venezolana no poseía más de 50.000 habitantes, ha sido el más popular y duradero de cuantos han sido impresos en la historia americana, aun a pesar de estar frente a una urbanidad concebida para una aldea señorial y pensada como sello de distinción de una élite reacia al cambio social, en apariencia inexorablemente desaparecida en nuestros días.
No es debido a la falta de Carreño que hoy nos quejamos con razón de la corrupción, la deshonestidad, la violencia, la falta de solidaridad, sino a causa de múltiples factores históricos, sociales, culturales, con hondas repercusiones en la educación de los colombianos. En tales circunstancias se impone, en consecuencia, la formación de un pensamiento crítico en las escuelas, orientado a educar para la democracia y en la democracia. Para ello hay que partir de la vivencia efectiva y no retórica de la gestión participativa en la escuela, mediante un ejercicio sensato de la democracia escolar estipulada en la Ley General de Educación, lejos de incurrir en inocuos simulacros de elección popular que no hacen sino deformar el sentido del compromiso ciudadano entre niños y jóvenes.
Es cierto que las ciudades contemporáneas presentan otros problemas y plantean nuevos desafíos a la educación pública. Estos derivan del carácter contradictorio de las tendencias de globalización reinantes en el mundo, que pese a todo no logran impedir el resurgimiento de los poderes locales, con todo y una mayor incidencia en las acciones públicas en defensa del bienestar ciudadano; como tampoco la exclusión de amplios sectores de la población del disfrute de los bienes colectivos, la violencia y otras formas de expresión del malestar social. Al mismo tiempo, dichas circunstancias inducen a la actualización misma del concepto de ciudadanía de cara al flujo de las migraciones o la apertura de fronteras, las innovaciones tecnológicas y los movimientos sociales de carácter intercultural o transnacional.
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